Reflexión personal sobre lo ocurrido recientemente en Venezuela
Me parece una falta de respeto hablar con liviandad sobre la situación de un país sin escuchar primero a quienes se vieron obligados a huir de él para salvar su vida, su libertad o su dignidad.
Antes de opinar, corresponde escuchar y respetar a los millones de venezolanos que dejaron todo atrás y hoy viven como migrantes o refugiados.
Los datos son claros y no admiten relativizaciones.
Casi 8 millones de venezolanos se encuentran actualmente desplazados en distintas partes del mundo, configurando una de las crisis migratorias más grandes de la historia reciente de América Latina.
En el contexto de protestas sociales, se registraron más de 300 muertes, mientras que las detenciones por motivos políticos superan las 18.600 personas. Solo en los 15 días posteriores a las elecciones fraudulentas de julio de 2024, se contabilizaron 2.400 arrestos. Además, 17 presos políticos fallecieron bajo custodia del régimen estatal, un dato que interpela a cualquier conciencia democrática.
La situación económica es igualmente alarmante. Venezuela cerró 2024 con una inflación cercana al 500%, y las proyecciones para 2026 estiman un 682%, pulverizando salarios y ahorros. La pobreza alcanza niveles cercanos al 90% de la población, con un impacto devastador en la vida cotidiana.
El sistema de salud se encuentra en estado crítico: existe un 70% de desabastecimiento de insumos básicos en salas de emergencia, lo que convierte enfermedades tratables en sentencias de muerte. En el ámbito educativo, los salarios de docentes universitarios y catedráticos son paupérrimos, empujando a profesionales formados al exilio o a la informalidad.
A esto se suma la clausura de más de 300 emisoras de radio, una señal inequívoca del deterioro de la libertad de expresión y del derecho a la información.
Estos no son relatos, ni interpretaciones, ni consignas. Son hechos.
Hablar de Venezuela exige responsabilidad, empatía y respeto por quienes padecieron —y aún padecen— esta realidad. Callar estos datos, relativizarlos o ignorarlos no es neutralidad: es indiferencia.
Como ciudadano y como actor político comprometido con Junín, con la provincia de Buenos Aires, con la Argentina y con la libertad de los individuos, considero que el primer deber frente a una tragedia de esta magnitud es no mirar para otro lado.
Cuando la libertad se pierde, hay personas que lo pierden todo.




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