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San Pablo Miki y los 26 mártires de Nagasaki: El perdón que brotó desde la cruz

 


SEMILLAS DE FE EN EL SOL NACIENTE. Cada 6 de febrero, el mundo recuerda el testimonio de un grupo de hombres y niños que prefirieron el martirio antes que renunciar a su fe. Desde una extenuante marcha forzada de mil kilómetros hasta el perdón final desde los maderos en la colina de Nishizaka, su sacrificio marcó el inicio de la cristiandad en el Japón del siglo XVI.


Nagasaki, Japón (Especial). Corría el año 1597 cuando el paisaje del monte Nishizaka, frente a la bahía de Nagasaki, se tiñó de un simbolismo que recordaba al Calvario. Allí, 26 cristianos —incluyendo misioneros y laicos japoneses— fueron ejecutados por orden del poderoso Toyotomi Hideyoshi, quien veía en el cristianismo una amenaza para el control político y las tradiciones de su nación.

A la cabeza de este grupo se encontraba Pablo Miki, un jesuita japonés de familia noble que se había convertido en uno de los predicadores más elocuentes de su tiempo. Junto a él, el grupo era una muestra diversa de la Iglesia: seis franciscanos españoles, tres jesuitas y diecisiete laicos japoneses, entre los que destacaban tres niños de apenas 12, 13 y 14 años: Luis Ibaraki, Antonio y Santo Tomás Kozaki.

Una marcha de mil kilómetros hacia la gloria

La crueldad de la ejecución no comenzó en la cruz. Para escarmiento público, a los 26 prisioneros les cortaron una parte de la oreja izquierda en Kioto y los obligaron a caminar encadenados durante semanas bajo el crudo invierno japonés hasta llegar a Nagasaki.

A pesar del cansancio, el hambre y las burlas, los testigos de la época cuentan que los mártires caminaban cantando salmos y el Te Deum. El joven Luis Ibaraki, ante las ofertas de los soldados para que renunciara a su fe a cambio de su vida, respondió con una madurez asombrosa: "No quiero vivir, quiero ir al cielo".

El sermón final desde la cruz

Al llegar a la colina, fueron atados a cruces con argollas de hierro. En el momento final, Pablo Miki, fiel a su vocación de predicador, utilizó sus últimas fuerzas para dirigirse a la multitud que observaba:

"Al llegar a este momento, no creo que ninguno de ustedes piense que quiero engañarlos. Declaro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos... Por mi parte, perdono al Rey y a todos los que han tramado mi muerte. Les ruego que se dejen bautizar".

Tras estas palabras, los verdugos terminaron con su agonía atravesándolos con lanzas.

El legado de los "Cristianos Ocultos"

El sacrificio de Pablo Miki y sus compañeros no fue en vano. Aunque la persecución se recrudeció durante los siglos siguientes, la fe sobrevivió en la clandestinidad. Cuando Japón volvió a abrir sus puertas en el siglo XIX, los misioneros se sorprendieron al encontrar comunidades de "cristianos ocultos" que habían mantenido las oraciones y el bautismo durante más de 200 años sin sacerdotes.

Canonizados en 1862 por el Papa Pío IX, estos mártires son hoy el símbolo de una fe que no entiende de fronteras geográficas ni de miedos humanos.

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