Junín ya no explota: implosiona
Por Gustavo Romans y Mariano Fernández
Columnistas especiales de Teletipo Regional.
Argentina siempre fue ruidosa para mostrar sus crisis.
Cacerolas. Paros. Piquetes. Bronca organizada.
Junín también supo ser así.
En 2013, el asesinato de Karen Campos desató una ciudad fuera de sí. La Comisaría Segunda ardió. También los Tribunales. También la Municipalidad. La indignación tomó las calles.
En 2018, después del crimen de Camila Borda, volvió la furia. Patrulleros incendiados. Intentos de linchamiento. Vecinos desbordados.
Junín explotaba.
Hoy, en cambio, algo parece distinto.
El politólogo Andrés Malamud lo resumió en una frase incómoda: “No hay explosión social, sino implosión social”.
Y tal vez ahí esté una de las claves de esta época.
Porque la bronca ya no siempre sale hacia afuera. Muchas veces se queda adentro. En las casas. En los cuerpos. En las cabezas.
Antes las crisis producían militancia. Hoy producen agotamiento.
La tragedia moderna no es solamente económica. También es emocional.
La angustia crece en silencio. La ludopatía online avanza entre adolescentes. Aumentan la ansiedad, la depresión, el aislamiento y la violencia intrafamiliar. Ya no vemos multitudes en las plazas. Vemos personas rotas tratando de sobrevivir como pueden.
El filósofo Byung-Chul Han lo explica con crudeza: el sistema ya no necesita explotarnos desde afuera. Ahora uno mismo se autoexige, se culpa y se desgasta solo.
Si no llegás a fin de mes, sentís que fracasaste vos. No el sistema.
Entonces aparecen las anestesias modernas: las apuestas, las compras compulsivas, los gurús, las promesas de dinero rápido, las falsas salvaciones emocionales.
El deprimido compra.
El angustiado apuesta.
El desesperado cree.
El agotado no milita.
Y quizás ahí esté la gran transformación de época: convertir dolores colectivos en fracasos individuales.
Porque una sociedad angustiada consume más de lo que se organiza.
La implosión social tiene una ventaja para el poder: no corta calles, no quema patrulleros y no hace ruido. Sucede en silencio. En una familia que ya no habla. En un chico encerrado frente al celular. En un trabajador que llega destruido a su casa sin energía siquiera para pensar.
Pero incluso en este tiempo agotado, algo sigue latiendo.
Porque ninguna comunidad se reconstruye sola. Y tal vez la salida no empiece con un gran estallido, sino con algo mucho más difícil: volver a encontrarnos.
Volver a mirar al otro no como competencia, sino como compañero.
Porque hay ciudades que explotan.
Y hay ciudades que lentamente se apagan.
Junín todavía está a tiempo de decidir qué quiere ser.






Comentarios
Publicar un comentario