La verdad de mentira
No todos los días se roban un cuadro del Louvre. Mucho menos uno de Leonardo Da Vinci. El 21 de agosto de 1911 desapareció el cuadro más famoso del mundo.
—¡Se robaron la Gioconda! —gritaban los canillitas... Se habían dado cuenta un día después del robo. O mejor dicho: les llevaron la noticia. En la pared solo quedaban cuatro clavos huérfanos, sosteniendo un fantasma. París había dejado de ser una fiesta.
Cuando Leonardo empezó la obra, la Argentina no existía en ningún mapa... En 1503, Da Vinci aceptó el encargo de un tal Francesco del Giocondo para retratar a su mujer, Lisa Gherardini. Pero Leonardo no entregó el cuadro. Se lo llevó con él cuando buscó refugio bajo el ala del rey de Francia. Al rey le gustó tanto que la colgó en el camino que llevaba a los baños del palacio de Fontainebleau. Un destino bastante humillante para la que se convertiría en la mujer más observada del planeta.
El lunes 21 de agosto el Museo estaba cerrado al público por refacciones. No había tecnología ni sensores de movimiento. Solo guardianes que confiaban en los obreros. Pasaron dos años de pistas falsas... Nadie sabía dónde estaba la Gioconda.
El que iba a sacar provecho de todo esto quizá ni siquiera estaba en París. En algún lugar del mundo, un argentino brindaba en silencio: un tal Eduardo de Valfierno. Sabía que su negocio dependía de una cosa: que la Gioconda no apareciera nunca más. No le interesaba el óleo de Leonardo; le interesaba el hueco que había dejado en la pared.
Mientras el mundo lloraba el robo, él ya había vendido seis copias perfectas a seis millonarios norteamericanos. Cada uno creía estar comprando el secreto mejor guardado de Francia. Había entendido algo simple: que el deseo vale más que la verdad.
Valfierno se hacía llamar marqués... Necesitaba a alguien capaz de fabricar la verdad. Lo encontró en París. Se llamaba Yves Chaudron, un restaurador y falsificador que podía copiar un óleo del siglo XVI sin que el lienzo delatara su edad. Cuando terminó, había seis Giocondas listas. El robo del Louvre no era el objetivo. Era la publicidad.
Para el trabajo sucio, Valfierno buscó a un tipo invisible: Vincenzo Peruggia, un carpintero italiano que conocía los pasillos del Louvre como las venas de su mano. El lunes a la mañana, Vincenzo salió de su escondite vestido con un guardapolvo blanco. Descolgó la Gioconda, sacó el marco de madera de cuatrocientos años y salió por la puerta principal con el tesoro más grande de Francia escondido en una axila.
El hueco se convirtió en una atracción en sí misma. La gente hacía fila para mirar la ausencia. En 1913, la policía recuperó el cuadro cuando Peruggia intentó devolverlo a Italia por "patriotismo".
Nadie pudo demostrar jamás si el marqués de Valfierno había existido de verdad. Pero en algún lugar de América, seis millonarios siguieron creyendo durante años que la Gioconda colgaba en secreto en sus bibliotecas.
Y tal vez tenían razón.
Marcelo I. Sicoff
(Junín, 1970)
Psicólogo y Técnico en Comunicación Social radicado en Granadero Baigorria. Docente, conductor radial y autor de los libros Crónicas de Baigorria y Acompañamiento en la vida cotidiana. Su labor narrativa ha sido distinguida por la Fundación El Libro (Premio Edenor) y la Asociación Psicoanalítica Argentina. Finalista del XIII Premio de Ensayo de la Fundación UNIR (Zaragoza) y del XII Certamen Javier Tomeo (España). En 2025, recibió una mención especial de Abuelas de Plaza de Mayo y la UNPAZ.
Editor de "Crónicas de Baigorria"





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