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El experimento social argentino: La ultraderecha como proyecto de hegemonía cultural



Por Daniel Giudiche

No hay proyecto económico que pueda imponerse de manera duradera si antes no logra convertirse en un proyecto cultural.                                                                                     

Los sistemas políticos cambian. Los gobiernos se suceden. Las crisis aparecen y desaparecen. Pero las culturas políticas permanecen durante generaciones. Quien logra moldear el sentido común de una sociedad no necesita ganar todas las elecciones: le basta con establecer los límites de lo que esa sociedad considera posible, razonable o deseable. Creo que el neoliberalismo dejó de ser hace tiempo una doctrina exclusivamente económica para transformarse en un proyecto de hegemonía cultural. Su objetivo ya no consiste únicamente en reducir impuestos, privatizar empresas públicas o desregular mercados. Su ambición es más profunda: construir una nueva forma de comprender la sociedad y como esta pueda verse a sí misma.                                                                                                  

En esa concepción, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse, ante todo, en un individuo que compite en el mercado. La solidaridad comienza a interpretarse como una carga; los derechos sociales pasan a ser vistos como privilegios; la acción colectiva pierde legitimidad frente al éxito individual, y el estado deja de ser concebido como una institución creada para garantizar el bien común para convertirse en un obstáculo permanente para la “libertad”. Desde luego que ese cambio no ocurre espontáneamente, se requiere de una transformación cultural sostenida durante años.                                                                                         

Aquí aparece lo que bien podríamos denominar el experimento social.                             

No utilizo esta expresión para describir solamente una conspiración organizada y un plan sistemático dirigido, La empleo para explicar también un proceso histórico en el que confluyen intereses económicos, estrategias políticas, sistemas de comunicación y tecnologías digitales que, actuando en la misma dirección, producen un efecto acumulativo sobre la conciencia colectiva. El experimento consiste en modificar las categorías con las que la sociedad interpreta la realidad.                                                                                                                         

Primero se instala la desconfianza hacia las instituciones públicas. Después se identifica al Estado con la corrupción, el despilfarro y la ineficiencia. Más tarde se presenta al mercado como el único mecanismo racional para organizar la vida social. Finalmente, cuando esas ideas ya forman parte del sentido común, las reformas económicas aparecen como inevitables y hasta moralmente deseables.                                                                           

Lo decisivo no es la reforma. Lo decisivo es el cambio previo de percepción. Por eso la principal batalla del neoliberalismo, y en estos tiempos, de la ultraderecha, no se libra en los ministerios de Economía solamente, sino en los medios de comunicación, en las plataformas digitales, en los sistemas educativos, en la producción cultural y en los espacios donde se construyen las representaciones colectivas.                                             

Las redes sociales aceleraron ese proceso de manera extraordinaria. Sus algoritmos privilegian los contenidos que despiertan emociones intensas, favorecen la simplificación de problemas complejos y amplifican mensajes que apelan al miedo, al enojo o a la indignación. En ese entorno, la discusión pública deja de organizarse alrededor de argumentos y comienza a estructurarse alrededor de estímulos emocionales. No es casual que el discurso político contemporáneo recurra cada vez más a enemigos absolutos, consignas breves y afirmaciones categóricas. La comunicación deja de buscar comprensión para perseguir adhesión inmediata. 

Como actor de prueba, el presidente Javier Milei es un claro ejemplo de ello. En este contexto, la demonización del Estado constituye una pieza central del experimento...  Porque ninguna sociedad aceptaría con facilidad la reducción de derechos, la retirada de regulaciones o la privatización de bienes públicos si antes no hubiera sido convencida de que esas instituciones representan el origen de todos sus problemas. Mi intención es proponerles humildemente, analizar ese proceso desde una perspectiva histórica, política y cultural. No pretende negar los errores del Estado ni idealizar a quienes lo administran. Tampoco sostener que exista una única explicación para los cambios de nuestro tiempo.

 El propósito es más específico: examinar cómo se construye una hegemonía cultural capaz de transformar las percepciones colectivas y de redefinir aquello que una sociedad entiende por libertad, justicia y democracia. Porque el poder más profundo nunca es el que obliga. Es el que consigue que las personas crean que han elegido libremente aquello que previamente aprendieron a considerar como la única opción posible.


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