|

San José de Calasanz: el sacerdote que hizo de la educación una misión al servicio de los más necesitados


Cada 25 de agosto, la Iglesia recuerda a San José de Calasanz, presbítero y fundador de las Escuelas Pías, un hombre que dedicó su vida a la educación de los niños, especialmente de aquellos que no tenían posibilidades de acceder a ella.

Nacido en Peralta de la Sal, España, en 1557, José de Calasanz provenía de una familia acomodada. Estudió humanidades, filosofía y derecho, y posteriormente inició su camino hacia el sacerdocio. Fue ordenado sacerdote en 1583 y, algunos años más tarde, decidió trasladarse a Roma.

Fue allí donde su vida tomó un rumbo decisivo. Al entrar en contacto con la realidad de los niños pobres de la ciudad, comprendió que la falta de educación era una de las principales causas de la desigualdad. En lugar de limitarse a brindar ayuda material, Calasanz quiso ofrecerles una herramienta capaz de transformar sus vidas: la educación.

Una escuela para todos

En 1597 comenzó a trabajar en una escuela gratuita ubicada en el barrio romano del Trastévere. Su propuesta era revolucionaria para aquella época: que los niños, independientemente de su condición económica, pudieran aprender a leer, escribir, formarse en la fe y adquirir conocimientos que les permitieran construir un futuro diferente.

Su lema reflejaba claramente su pensamiento: “Piedad y Letras”, es decir, unir la formación espiritual con la educación intelectual.

Con el tiempo, aquella experiencia dio origen a las Escuelas Pías, una congregación dedicada especialmente a la educación de niños y jóvenes. Los religiosos que siguieron su camino fueron conocidos como escolapios.

Calasanz estaba convencido de que educar desde la infancia podía transformar no solamente a una persona, sino también a toda la sociedad. Por eso defendió una educación accesible para los sectores más humildes, algo que no era habitual en la Europa de su tiempo.

Una vida dedicada a los niños

El sacerdote no entendía la educación simplemente como la transmisión de conocimientos. Para él, enseñar significaba acompañar, formar valores y ayudar a cada niño a descubrir su dignidad.

Su preocupación por los más pequeños lo llevó a enfrentarse incluso con quienes consideraban que la educación debía estar reservada para determinados sectores sociales. Calasanz sostuvo hasta el final de su vida que los niños pobres también tenían derecho a aprender y a crecer en dignidad.

Murió en Roma el 25 de agosto de 1648, a los 90 años. Su obra, sin embargo, continuó expandiéndose por distintos países.

Fue beatificado en 1748 y canonizado en 1767 por el papa Clemente XIII. En 1948, el papa Pío XII lo proclamó patrono de las escuelas cristianas populares.

Un legado que continúa vigente

La figura de San José de Calasanz mantiene una particular actualidad. Su mensaje recuerda que la educación puede ser una de las herramientas más poderosas para construir una sociedad más justa y que acompañar a los niños, especialmente a quienes enfrentan mayores dificultades, es también una forma concreta de servir al prójimo.

Su vida puede resumirse en una convicción que marcó toda su existencia: educar es transformar vidas.

Por eso, cada vez que una escuela abre sus puertas para recibir a un niño y brindarle conocimiento, valores y esperanza, el sueño de aquel sacerdote español que comenzó enseñando a los niños pobres de Roma vuelve, de alguna manera, a hacerse presente.

Más noticias de Religión

Comentarios